En un jardín con aromas
de rosas, botones tiernos
y clavel, había escondida
una flor de mucho ensueño.
Era suave, plena, tierna,
cual si fuera terciopelo,
parecía que se tratara
de una flor en cautiverio
Y queriendo conquistar
con aromas de su cuerpo,
iba muy condescendiente
preparándose al encuentro.
Un jardinero entregado
al vergel en el momento,
cuando tocó aquella flor
notó que estaba cediendo.
Con mucha satisfacción,
continuando sus anhelos,
tomó el clavel del vergel
en busca de más sustento.
Se dejó que aquel clavel
lo llevara a los extremos
más sabrosos y excitantes,
terminando en fresco riego.
Y después del bello logro
decidió muy satisfecho…
amar las divinas rosas
en ese vergel perfecto.
Puso todo su empeño,
las flores libres al viento,
mostraban con preciosura
pequeños capullos tiernos.
Amando estuvo las rosas,
amó los capullos tiernos,
y con caricias y besos
llegó a la flor del ensueño.
Este hombre enamorado,
apasionado y sediento,
abriéndola sin premura,
la lamió y puso su aliento.
Y completando la acción
la regó en el gran momento,
y el botón de aquella flor
quedó erguido, satisfecho.
Y así quedó el jardinero:
Complacido del encuentro,
entre rosas con botones…
clavel… y la flor de ensueño.
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